
Estaba muerto de frío
el huérfano que aquel día
en los portones pedía
de un cementerio sombrío.
Pobre niño entre el gentío
mientras su mano alargaba
con voz trémula exclamaba:
"Una limosna señores,
que es para un ramo de flores
para quien tanto me amaba."
La gente entraba y salía
sorda a la voz penitente
de aquel despoje doliente
que en nombre de Dios pedía.
El niño también quería
en su nostalgia infinita
entrar a la chacarita
y adornar de cualquier modo
la tumbra llena de lodo
de su santa madrecita.
Después que un ramo formó
con varias flores del suelo
le dio gracias al Cielo
y hacia el cementerio entró.
Pero todo había cambiado
pues donde su madre estaba
un panteón se levantaba
talvez de algún potentado.
Y el niño desesperado
por el cambio que encontró
al viejo sepulturero
llorando le preguntó:
"Dígame señor ligero,
¿Quién a mi madre llevó?"
y el viejo sepulturero
al niño triste le dijo:
"No me hagas preguntas hijo
que hacerte llorar no quiero
los ricos están primero,
por ese lugar no estamos,
mal hacemos si lloramos
por una simple bobada
los pobres no somos nada
y hasta en la muerte estorbamos."
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