miércoles, 10 de junio de 2009

El huérfano y el sepulturero


Estaba muerto de frío
el huérfano que aquel día
en los portones pedía
de un cementerio sombrío.

Pobre niño entre el gentío
mientras su mano alargaba
con voz trémula exclamaba:
"Una limosna señores,
que es para un ramo de flores
para quien tanto me amaba."

La gente entraba y salía
sorda a la voz penitente
de aquel despoje doliente
que en nombre de Dios pedía.

El niño también quería
en su nostalgia infinita
entrar a la chacarita
y adornar de cualquier modo
la tumbra llena de lodo
de su santa madrecita.

Después que un ramo formó
con varias flores del suelo
le dio gracias al Cielo
y hacia el cementerio entró.

Pero todo había cambiado
pues donde su madre estaba
un panteón se levantaba
talvez de algún potentado.

Y el niño desesperado
por el cambio que encontró
al viejo sepulturero
llorando le preguntó:

"Dígame señor ligero,
¿Quién a mi madre llevó?"
y el viejo sepulturero
al niño triste le dijo:

"No me hagas preguntas hijo
que hacerte llorar no quiero
los ricos están primero,
por ese lugar no estamos,

mal hacemos si lloramos
por una simple bobada
los pobres no somos nada
y hasta en la muerte estorbamos."